TRADUCCIÓN
(de cortesía)

Prosperidad mundial

Hace tan sólo una década habría parecido impensable que el ideal de una paz mundial pudiera adquirir su forma y sustancia actuales. Obstáculos que otrora parecían infranqueables se han derrumbado al paso de la humanidad; conflictos que parecían insuperables han cedido ante los procesos de consulta y resolución en curso; surge una voluntad de contrarrestar las agresiones militares mediante la acción internacional concertada. El resultado es que tanto las masas de la humanidad como un buen número de líderes mundiales han asistido a un reverdecer de la esperanza en el futuro del planeta cuando ésta ya casi parecía extinguida.

Por todo el mundo inmensas energías intelectuales y espirituales buscan su cauce de expresión, energías cuyo empuje guarda proporción directa con las frustraciones acumuladas de las últimas décadas. Por doquier se multiplican las muestras de ese anhelo que albergan los pueblos de la tierra por poner fin al conflicto, sufrimiento y ruina, lacras a las que ningún país es hoy inmune. Hay que captar y encauzar esta marea de impulsos de cambio a fin de superar las demás barreras que traban el logro de ese antiguo sueño: alcanzar la paz mundial. El esfuerzo de voluntad requerido en tamaña empresa no puede suscitarse sólo mediante llamamientos a combatir la interminable lista de males que afligen a la sociedad. Antes bien, debe alumbrarse mediante una visión de la prosperidad humana, y ello en el sentido más hondo de la expresión: el despertar de posibilidades de bienestar espiritual y material hoy a nuestro alcance. Sus beneficiarios deben ser todos los habitantes del planeta, sin distinciones, y sin que valgan condiciones impuestas que nada tengan que ver con las metas fundamentales propias de tal reorganización de los asuntos humanos.

Hasta la fecha la Historia ha conocido principalmente la experiencia de tribus, culturas, clases y naciones. Con la unificación física del planeta alcanzada en este siglo y el reconocimiento de la interdependencia de cuantos viven en él, comienza ahora la historia de la humanidad como un solo pueblo. El largo y lento proceso civilizador del carácter humano ha seguido un desarrollo esporádico, desigual y manifiestamente injusto en cuanto a las ventajas materiales que ha dispensado. No obstante, gracias a todo un patrimonio de diversidad cultural y genética acumulado durante épocas pasadas, los habitantes de la tierra se enfrentan hoy al reto de aprovechar su herencia colectiva a fin de asumir, consciente y sistemáticamente, la responsabilidad de forjar su futuro.

Resulta poco realista imaginar que la visión de lo que haya de ser el siguiente estadio en el progreso de la civilización pueda formularse sin, al mismo tiempo, hacer un examen detenido de las actitudes y supuestos sobre los que descansan los actuales planteamientos de desarrollo económico y social. En un primer nivel elemental, la indagación debería abordar cuestiones prácticas de utilización de recursos, pautas de planificación, política, organización y métodos de ejecución. Al ahondar en esta temática, sin embargo, en seguida han de plantearse cuestiones fundamentales sobre las metas que a largo plazo se proyecten, las estructuras sociales necesarias, las implicaciones de los principios de justicia social en materia de desarrollo, así como la naturaleza y papel del conocimiento en la inducción de cambios perdurables. A decir verdad, un examen de esta naturaleza está abocado a propiciar un amplio consenso sobre la noción misma de naturaleza humana.

Dos son las vías de discusión abiertas a todos estos temas teóricos o prácticos. En las páginas que siguen nos proponemos explorar, ciñéndonos a estas dos vías, el argumento de una estrategia global de desarrollo. La primera se refiere a las creencias dominantes sobre la naturaleza y fines del proceso de desarrollo; la segunda, a los papeles que en él tienen asignados sus diferentes protagonistas.

Los supuestos que hoy informan la mayor parte del desarrollo planificado son esencialmente materialistas. En otras palabras, el propósito del desarrollo se define como el cultivo eficaz, y generalizado en todas las sociedades, de medios de prosperidad material que, tras un proceso de aciertos y errores, han caracterizado a algunas regiones del mundo. Huelga decir que el discurso del desarrollo admite modificaciones, que éstas suelen ser sensibles a las diferencias de cultura o sistema político, y que procuran responder a los peligros alarmantes que origina la degradación medioambiental. Sin embargo, los supuestos materialistas en que se basan siguen, en lo fundamental, sin ser cuestionados.

A estas alturas del siglo resulta insostenible creer que el enfoque del desarrollo económico y social originado en la concepción materialista de la vida sea capaz de satisfacer las necesidades de la humanidad. Las predicciones optimistas sobre los cambios que acarrearía se han desvanecido en el abismo, cada vez más hondo, que separa los niveles de vida de una minoría pequeña y relativamente decreciente de los habitantes del mundo, y la pobreza que experimenta la inmensa mayoría de la población.

Esta crisis económica sin precedentes, sumada a la quiebra social que ella misma ha propiciado, refleja una concepción de la naturaleza humana profundamente equivocada. Las respuestas que los incentivos del orden actual han despertado en las personas no sólo se revelan inadecuadas, sino que, a la vista de los acontecimientos mundiales, parecen insignificantes. Se comprueba, pues, que si el desarrollo de la sociedad no encuentra propósito más allá de la simple mejora de las condiciones materiales, fracasará incluso en la consecución de estas metas. Dicho propósito debe buscarse en horizontes espirituales de la vida y de la motivación que trasciendan el paisaje económico, siempre cambiante, y abandonen la división en sociedades «desarrolladas» y «en desarrollo», una categorización impuesta artificialmente.

Replantear los objetivos del desarrollo requiere someter a nuevo examen los supuestos en torno a los papeles que mejor convienen a los protagonistas del proceso. El papel crucial del gobierno en todos los órdenes no precisa de mayores explicaciones. No obstante, las generaciones futuras hallarán incomprensible el hecho de que, en una era que rinde homenaje a la filosofía igualitaria y a los principios democráticos anexos, la planificación del desarrollo mire a las masas de la humanidad esencialmente como a receptoras de beneficios en forma de asistencia y formación. A pesar del reconocimiento de que goza el principio de participación, el margen decisorio que se ofrece a la mayor parte de la población mundial es, cuando más, secundario y limitado a un abanico de posibilidades formuladas por organismos que le son inaccesibles y determinadas por metas que a menudo resultan irreconciliables con sus percepciones de la realidad.

Este enfoque cuenta incluso con el respaldo implícito, si no explícito, que le tiende la religión establecida. Lastrado por tradiciones paternalistas, el pensamiento religioso parece incapaz de lograr que su confesada fe en las dimensiones espirituales de la naturaleza humana se traduzca en confianza en la capacidad de la humanidad para trascender sus condiciones materiales.

Dicha actitud no acierta a comprender el significado de lo que probablemente sea el fenómeno social más importante de nuestro tiempo. Si cierto es que gracias al sistema de las Naciones Unidas los gobiernos se esfuerzan por construir un nuevo orden global, no menos cierto es que los pueblos del mundo se hallan galvanizados por esa misma visión. Su respuesta ha adoptado la forma de un repentino florecer a nivel local, regional e internacional de innumerables movimientos y organizaciones de cambio social. Los derechos humanos, el avance de la mujer, los requisitos sociales del desarrollo económico sostenible, la superación de prejuicios, la educación moral de los niños, la alfabetización, los cuidados de salud primaria, y toda una plétora de cuestiones vitales requieren, cada una, la atención urgente de organizaciones a las que apoyan cada vez más personas de todas partes del globo.

Esta respuesta con que las gentes del mundo encaran las apremiantes necesidades actuales recuerda el llamamiento hecho por Bahá’u’lláh hace ya más de cien años: «Preocupaos fervientemente de las necesidades de la edad en que vivís y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y requerimientos». La transformación de la manera en que gran número de personas empiezan a verse a sí mismas–un cambio muy notorio desde el punto de vista de la historia de la civilización–suscita algunas preguntas fundamentales acerca del papel que le ha sido asignado desempeñar al conjunto de la humanidad en la planificación del futuro de nuestro planeta.

La conciencia de la unidad del género humano debe convertirse en el armazón de una estrategia que comprometa a la población mundial en la asunción responsable de su destino colectivo. El concepto de que la humanidad constituye un solo pueblo, aunque engañosamente simple en el discurso popular, entraña retos fundamentales que afectan al modo como desempeñan sus cometidos la mayoría de las instituciones de la sociedad contemporánea. Ya sea en forma de una estructura de gobierno civil basada en la confrontación, o sea bajo el principio acusatorio que informa la mayor parte del derecho civil; ya se trate de la glorificación de la lucha entre clases y otros grupos sociales, o del espíritu competitivo, señor de tantos aspectos de la vida moderna, el conflicto se acepta como resorte fundamental de la interacción humana. He aquí una expresión más, en la propia organización social, de esa interpretación materialista de la vida que ha ido consolidándose en el transcurso de los dos últimos siglos.

En una carta dirigida hace más de cien años a la reina Victoria y empleando una analogía que apunta al modelo más prometedor para la organización de la sociedad planetaria, Bahá’u’lláh compara el mundo con el cuerpo humano. En efecto, no existe ningún otro modelo de la existencia fenoménica al que razonablemente podamos remitirnos. La sociedad humana no se compone meramente de una masa de células diferenciadas, sino de asociaciones de personas, cada una de las cuales está dotada de inteligencia y voluntad. No obstante, los modos de obrar característicos de la biología humana vienen a ilustrar principios fundamentales de la existencia. De entre éstos destaca el principio de unidad en la diversidad. Paradójicamente, es la integridad y complejidad del orden que constituye el cuerpo humano–y la perfecta acomodación en él de sus células–lo que permite la realización plena de capacidades que son inherentes y características de cada uno de estos elementos integrantes. No hay célula que, ya por contribuir al funcionamiento del cuerpo o por disfrutar del bienestar del conjunto, pueda desarrollar vida aparte del cuerpo. El bienestar físico resultante cumple su propósito al permitir la expresión de la conciencia humana; es decir, el fin del desarrollo biológico trasciende la mera existencia del cuerpo y de sus partes.

Esto que es cierto de la vida individual encuentra su correlato en la sociedad. La especie humana es un todo orgánico, la avanzada del proceso evolutivo. El hecho de que la conciencia humana opere necesariamente a través de una infinita diversidad de mentes y motivaciones particulares no menoscaba en lo más mínimo su unidad esencial. En efecto, precisamente es lo inherente de esa diversidad lo que distingue a la unidad de la homogeneidad o uniformidad. Lo que hoy experimentan los pueblos del mundo–asegura Bahá’u’lláh–es su entrada en la edad de la madurez, y es en esta madurez naciente de la especie donde va a encontrar su más lograda expresión el principio de unidad en la diversidad. Desde sus albores, coincidiendo con la consolidación de la vida familiar, el proceso de organización social se ha desplazado desde las estructuras simples del clan y de la tribu, pasando por una multitud de formaciones sociales urbanas, hasta el surgimiento del estado-nación. Con cada una de estas etapas la capacidad humana ha podido experimentar todo un repertorio de nuevas oportunidades.

Claramente, el progreso de la especie no se ha verificado a costa de la individualidad humana. Al aumento de la organización social ha correspondido una expansión del margen abierto a la expresión de las capacidades latentes en cada ser humano. Puesto que la relación entre la persona y la sociedad es recíproca, es menester que la transformación ahora necesaria tenga lugar simultáneamente dentro de la conciencia humana y en la estructura de las instituciones sociales. En las oportunidades que proporcione este doble proceso de cambio ha de hallar su propósito la estrategia global de desarrollo. En esta etapa crucial de la historia, dicho propósito debe consistir en sentar las bases duraderas que permitan el desarrollo gradual de una civilización planetaria.

La cimentación de una civilización global requiere crear leyes e instituciones mundiales cuyo temple y autoridad sean también universales. El intento puede dar comienzo sólo cuando el concepto de la unidad de la humanidad sea abrazado de todo corazón por las personas sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de tomar decisiones, y cuando los principios relacionados sean difundidos a través de los sistemas educativos y los medios de comunicación de masas. Franqueado este umbral, se habría puesto en marcha un proceso mediante el cual los pueblos del mundo acometan la tarea de formular metas comunes y se comprometan a hacerlas realidad. Sólo una reorientación tan fundamental los pondría a resguardo de esos viejos demonios que son las contiendas étnicas y religiosas. Sólo merced a la conciencia incipiente de que forman un único pueblo serán capaces los habitantes del planeta de dar la espalda a las pautas de conflicto que han dominado la organización social en el pasado, e inaugurar nuevos modos de colaboración y conciliación. «El bienestar de la humanidad –escribe Bahá’u’lláh–su paz y seguridad, son inalcanzables a menos que su unidad sea firmemente establecida».

La justicia es ese poder capaz de transformar la conciencia emergente de la unidad de la humanidad en voluntad colectiva sobre la que erigir confiadamente las estructuras globales de vida comunitaria que el empeño precisa. Una época en la que las gentes del mundo disfrutan de mayor acceso a información e ideas de toda suerte comprobará que la justicia se reafirma como el principio rector de toda organización social fructífera. Con mayor frecuencia las propuestas de desarrollo planetario van a tener que someterse a la luz franca de las normas que ella demanda.

En el plano individual, la justicia es esa facultad del alma que permite a la persona distinguir la verdad de la falsedad. A los ojos de Dios–asevera Bahá’u’lláh–la justicia es «la más amada de todas las cosas», pues faculta a cada ser humano para ver con sus propios ojos antes que con los ojos de los demás, conocer con su propio entendimiento antes que con el de su vecino o grupo. Requiere imparcialidad de juicio y equidad en el trato con los demás, lo que hace de ella una compañera constante, aunque exigente, en todas las ocasiones de la vida.

En el plano social, la preocupación por la justicia es el rasero indispensable en toda toma colectiva de decisiones, pues ella constituye el único instrumento mediante el cual se logra la unidad de pensamiento y acción. Lejos de impulsar el espíritu punitivo que a menudo se agazapó bajo su nombre en épocas pasadas, la justicia es la expresión práctica de la convicción de que en aras del progreso humano los intereses de la persona y los de la sociedad se entrelazan inextricablemente. En la medida en que la justicia se convierte en preocupación rectora de la interacción humana, cobra impulso un clima consultivo en el que cabe examinar desapasionadamente las opciones y seleccionar los cauces de acción pertinentes. En tal clima las tendencias, siempre presentes, hacia la manipulación y el partidismo tienen muchas menos posibilidades de desviar el proceso decisorio.

Las implicaciones para el desarrollo social y económico son profundas. El afán de justicia permite que, al definir el progreso, no se sucumba a la tentación de sacrificar el bienestar de la humanidad–e incluso del planeta mismo–a las ventajas que los grandes avances tecnológicos brindan a unas minorías privilegiadas. En la etapa de diseño y planificación, garantiza que recursos de por sí limitados no se desvíen en pos de proyectos ajenos a las prioridades sociales y económicas de la comunidad. Por encima de todo, sólo aquellos proyectos de desarrollo que sean percibidos como conformes a sus necesidades, justos y equitativos en sus objetivos, pueden aspirar a captar el compromiso de las masas de la humanidad, de quienes depende la ejecución. Las cualidades humanas requeridas, así la honradez, la disposición hacia el trabajo, y el espíritu de colaboración, suelen prestarse felizmente al logro de metas colectivas enormemente exigentes cuando cada miembro–más aún, cuando cada grupo componente de la sociedad–puede confiar en que goza de la protección de normas y de la garantía de ventajas que alcanzan a todos por igual.

De ahí que la discusión de una estrategia de desarrollo económico y social toque fondo al tratar de los derechos humanos. Definirla requiere que la promoción de los derechos humanos se libre de las falsas dicotomías que por tanto tiempo la han tenido presa en sus garras. El empeño porque cada ser humano goce de las libertades de pensamiento y acción acordes a su desarrollo personal no justifica el culto al individualismo, que tan hondamente corrompe tantos terrenos de la vida contemporánea. Como tampoco es preciso deificar el Estado como supuesta panacea para con ello garantizar el bienestar de la sociedad en su conjunto. Muy al contrario: la historia del presente siglo muestra bien a las claras que ideologías semejantes y los órdenes de prioridad que marcan han sido los principales enemigos de los intereses que aspiraban sedicentemente a servir. Sólo en un marco consultivo y decisorio, hecho posible al reconocer la unidad orgánica de la humanidad, pueden todos los aspectos concernientes a los derechos humanos encontrar su expresión legítima y creadora.

Hoy día, el organismo en donde recae la tarea de crear dicho marco y de zafar la promoción de los derechos humanos de quienes pretendan explotarla es el sistema de instituciones internacionales nacidas al trágico calor de dos calamitosas guerras mundiales y de la experiencia de la quiebra económica mundial. De manera significativa, la expresión «derechos humanos» ha pasado al dominio público sólo desde la promulgación en 1945 de la Carta de las Naciones Unidas y tras la adopción, tres años más tarde, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En estos históricos documentos se reconoce formalmente que el respeto a la justicia social es correlativo al establecimiento de la paz mundial. El hecho de que la Declaración fuese aprobada por la Asamblea General sin un solo voto contrario le confiere de raíz una autoridad que no ha dejado de crecer desde entonces.

La actividad más íntimamente ligada a la conciencia, en tanto capacidad distintiva de la naturaleza humana, es la exploración de la realidad que la persona realiza por sí misma. La libertad de investigar el propósito de la existencia, así como la libertad de desarrollar los dones de la naturaleza humana que lo hacen alcanzable, requiere protección. Es menester que las personas sean libres para conocer. Que tal libertad sea objeto de abusos y que éstos se vean crudamente alentados por ciertos rasgos de la sociedad contemporánea, no rebaja en modo alguno la validez del impulso mismo.

Es este impulso característico de la conciencia humana el que sustancia el imperativo moral que lleva a enunciar muchos de los derechos que consagran la Declaración Universal y los Convenios relacionados. La educación universal, la libertad de movimiento, el acceso a la información, y la oportunidad de participar en la vida política son todos aspectos de su operación que requieren garantías explícitas por parte de la comunidad internacional. Lo mismo vale decir de la libertad de pensamiento y creencias–incluyendo la libertad religiosa–y del derecho a tener opiniones y a expresarlas debidamente.

Puesto que el cuerpo de la humanidad es uno e indivisible, cada miembro de la especie nace al mundo como fianza del conjunto. Este fideicomiso constituye el cimiento moral de la mayoría de los otros derechos–principalmente los sociales y económicos–que los instrumentos de las Naciones Unidas tratan de definir de modo semejante. La seguridad de la familia y del hogar, la propiedad y el derecho a la intimidad están todos implicados en tal fideicomiso. Las obligaciones por parte de la comunidad se extienden a la provisión de empleo, atención a la salud mental y física, salarios justos, descanso y recreo, y a toda una legión de otras expectativas razonables que albergan los miembros de la sociedad.

El principio del fideicomiso colectivo origina, asimismo, el derecho de toda persona a esperar que las condiciones culturales esenciales para su identidad gocen de la protección del derecho nacional e internacional. De forma análoga al papel que desempeña el caudal genético en la vida biológica de la humanidad y en su entorno, la inmensa riqueza de diversidad cultural lograda en el curso de milenios resulta vital para el desarrollo social y económico de una especie humana en trance de llegar a su mayoría de edad. Representa un patrimonio al que debe dejarse fructificar en forma de una civilización global. Por un lado, las expresiones culturales necesitan amparo frente a las asfixiantes influencias materialistas. Por otro lado, las culturas deben desarrollar la capacidad de actuar recíprocamente de acuerdo con las pautas siempre cambiantes de la civilización, y desembarazadas de la manipulación con fines políticos partidistas.

«La luz de los hombres–asegura Bahá’u’lláh–es la justicia. No la apaguéis con los vientos contrarios de la opresión y la tiranía. El propósito de la justicia es el logro de la unidad entre los hombres. El océano de la sabiduría divina surge dentro de esta exaltada palabra, en tanto que los libros del mundo no pueden contener su significado íntimo».

Para que los criterios que definen los derechos humanos, hoy en proceso de formulación por parte de las naciones, sean promovidos e implantados como normativa internacional, hay que partir de una definición nueva y profunda de las relaciones humanas. Las concepciones actuales sobre lo que es natural y apropiado en las relaciones–entre los propios seres humanos, entre las personas y la naturaleza, entre el individuo y la sociedad, entre los miembros de la sociedad y sus instituciones–reflejan grados de comprensión alcanzados por la especie humana en etapas tempranas y menos maduras de su desarrollo. Si es cierto que la humanidad está llegando a su mayoría de edad, si todos los habitantes del planeta constituyen un solo pueblo, si la justicia es el principio rector de la organización social, no cabe entonces sino refundir las concepciones actuales, surgidas en el desconocimiento de estas realidades emergentes.

El movimiento en este sentido apenas ha comenzado. En su mismo despliegue ha de ir originando una nueva comprensión de la naturaleza de la familia y de los derechos y responsabilidades de sus miembros. Transformará completamente el papel desempeñado por las mujeres en todos los niveles de la sociedad. La radicalidad de su efecto reordenador podrá apreciarse en la relación que las personas mantienen con el trabajo, así como en su noción del lugar que ocupa la actividad económica en sus vidas. Acarreará cambios trascendentales en el gobierno de los asuntos humanos y en las instituciones creadas para impulsarlo. Mediante su influencia, el trabajo de las organizaciones no gubernamentales, en rápida expansión, será objeto de mayor racionalización. Garantizará la creación de legislación vinculante sobre el medio ambiente y sobre las necesidades de desarrollo de todos los pueblos. En última instancia, la reestructuración del sistema de las Naciones Unidas que este movimiento ya está ocasionando conducirá sin duda al establecimiento de una federación de naciones dotada de su propio cuerpo legislativo, judicial y ejecutivo.

En esta tarea de reformulación del sistema de relaciones humanas resulta fundamental el proceso que Bahá’u’lláh denomina «consulta». «En todas las cosas es necesario consultar», tal es Su consejo. «La madurez del don de la comprensión se manifiesta a través de la consulta».

La búsqueda de la verdad que se requiere en este proceso exige una calidad e intensidad muy superior a la que suele estar presente en los arreglos y negociaciones con que hoy se dirimen los asuntos humanos. No es tarea fácil.

Su consecución se ve gravemente perjudicada por el clima de protesta sistemática, que es otro de los rasgos dominantes de la sociedad contemporánea. El debate, la propaganda, los procedimientos basados en la confrontación, y el aparato entero del partidismo, que durante largo tiempo han sido notas tan familiares de la actividad colectiva, dañan en su esencia misma el propósito que anima la consulta, y que no es otro sino el de alcanzar un consenso sobre la verdad de una situación dada, y sobre la elección más sabia de entre los varios cursos de acción posibles en determinado momento.

En realidad, Bahá’u’lláh hace una llamada a un proceso de consulta en el que los participantes se esfuercen por trascender sus propios puntos de vista a fin de poder funcionar como un cuerpo, con sus metas e intereses propios. En una atmósfera tal, marcada por la franqueza y la cortesía, las ideas no pertenecen a su autor ocurrente, sino al conjunto del grupo, por lo que éste queda facultado para descartarlas, revisarlas o adoptarlas según convenga mejor. La consulta prospera en la medida en que todos sus participantes apoyan conjuntamente las decisiones, con independencia de las opiniones con que inicialmente abordaran la discusión. En circunstancias así, no resulta difícil reconsiderar una decisión que a la luz de la experiencia se revele deficiente.

Desde esta perspectiva la consulta es la expresión operativa de la justicia dentro de los asuntos humanos. Es tan vital para el éxito de toda empresa colectiva que debe constituir el rasgo primordial de toda estrategia viable de desarrollo económico y social. Tanto es así que la participación de las personas de cuyo refrendo y esfuerzos depende el buen término de dicha estrategia, sólo resulta efectiva en la medida en que la consulta se acepta como el principio organizativo de todo proyecto. «Ningún hombre puede lograr su verdadera posición–reza el consejo de Bahá’u’lláh–excepto mediante la justicia. Ningún poder puede existir excepto mediante la unidad. Ningún bienestar ni prosperidad son hacederos salvo mediante la consulta».

Las tareas inherentes al desarrollo de una sociedad global requieren capacidades de una categoría muy por encima de lo hasta ahora logrado por la especie humana. Alcanzar esas alturas va a exigir que las personas particulares y las organizaciones sociales disfruten de una accesibilidad al conocimiento enormemente mayor. En este proceso de capacitación la educación universal ha de ser un factor indispensable; pero el esfuerzo fructificará sólo en la medida en que los asuntos humanos se reorganicen permitiendo que personas y grupos de todos los sectores de la sociedad reúnan condiciones para adquirir conocimientos y aplicarlos a la forja de sus destinos.

A lo largo de la historia constatable, la conciencia humana ha dependido de dos sistemas fundamentales de conocimiento, gracias a los cuales ha podido expresar progresivamente sus potencialidades: la ciencia y la religión. La experiencia de la especie se ha valido de ambos instrumentos para reorganizarse, interpretar su entorno, explorar sus poderes latentes y disciplinar su vida moral e intelectual. Ambas han actuado como los auténticos progenitores de la civilización. Por lo demás, con la ventaja que concede la perspectiva histórica, se hace evidente que la eficacia de esta estructura dual ha sido máxima en aquellos períodos en que la religión y la ciencia, cada una dentro de su esfera, pudieron laborar en concierto.

Dado el respeto casi universal de que disfruta hoy día la ciencia, no es preciso extenderse sobre los méritos que la acreditan. En el contexto de una estrategia de desarrollo económico y social, la cuestión ya no es ésa, sino la de cómo organizar la actividad científica y tecnológica. Si la tarea en cuestión se mira principalmente como el coto de élites establecidas que viven en un número reducido de naciones, es obvio que el foso que tal planteamiento ya ha creado entre ricos y pobres de la tierra no hará sino agrandarse, con las funestas consecuencias ya mencionadas que eso aparejará para la economía mundial. Ciertamente, si la mayoría de la humanidad continúa siendo vista como meros consumidores de productos de ciencia y tecnología creados en alguna otra parte, es manifiesto entonces que no cabe con justeza denominar «desarrollo» a los programas concebidos para atender sus necesidades.

Por consiguiente, la expansión de la actividad científica y técnica supone un reto crucial y gigantesco. Unos instrumentos de cambio social y económico tan poderosos deben pasar de ser el patrimonio de segmentos sociales favorecidos a organizarse de modo que las personas de todos los orígenes puedan participar en esta actividad según sus capacidades. Además de crear programas que extiendan la educación requerida a todos sus potenciales beneficiarios, tal reorganización conllevará necesariamente el establecimiento por todo el mundo de centros viables de aprendizaje, instituciones que realcen la capacidad participativa de los pueblos del mundo en la generación y aplicación del conocimiento. La estrategia de desarrollo, al tiempo que reconoce las amplias diferencias de capacidades humanas, debe hacer suya la importante meta de posibilitar que todos los habitantes de la tierra tengan participación en los procesos de la ciencia y de la tecnología, que son su derecho inalienable de nacimiento. Con cada día que pasa los argumentos consabidos para mantener el status quo pierden poder persuasivo ante las revolucionarias tecnologías de la comunicación, con toda la información y capacitación que éstas ponen al alcance de grandes sectores de la población mundial, estén donde estén y sea cual sea su origen cultural.

Los desafíos que arrostra la humanidad en su vida religiosa, aunque de signo diferente, son asimismo imponentes. Para la gran mayoría de la población mundial, la idea de que la naturaleza humana posee una dimensión espiritual –más aún, que su identidad fundamental es espiritual–es una verdad que no precisa demostración. Se trata de una percepción de la realidad que ya se descubre en los registros más tempranos de la civilización, y que ha sido cultivada durante varios milenios por cada una de las grandes tradiciones religiosas del pasado. Sus logros perdurables en el campo del derecho, las artes y el proceso civilizador de las relaciones humanas confieren sentido y enjundia a la Historia. De un modo u otro sus impulsos ejercen influencia diaria en las vidas de una mayoría de personas, como inequívocamente confirman a diario los hechos; y los anhelos que despiertan son inagotables y poderosos, más allá de todo cálculo.

En consecuencia, parece evidente que los esfuerzos de toda suerte destinados a promover el progreso humano deberían procurar servirse de unas capacidades que son tan universales y tan inmensamente creadoras. ¿Por qué, entonces, las cuestiones espirituales que tiene ante sí la humanidad no han centrado la atención del discurso sobre el desarrollo? ¿Por qué hasta ahora la mayoría de las prioridades, e incluso de los supuestos básicos, de los planes de desarrollo internacional se han decidido con arreglo a perspectivas materialistas que sólo respaldan pequeñas minorías de la población mundial? ¿Cuánto crédito cabe otorgar a la devoción que se dice profesar al principio de participación universal, pero que repudia la valía de la experiencia cultural definitoria de los participantes?

Quizá se aduzca que, ya que los temas morales y espirituales han estado históricamente unidos a doctrinas teológicas rivales, objetivamente no validables, éstos exceden el marco de referencia en que decide la comunidad internacional sus planes de desarrollo. Concederles algún papel destacado sería abrir compuertas a esas tendencias dogmáticas que han alimentado el conflicto social y han obstruido el progreso humano. Sin duda tal razonamiento contiene cierto grado de verdad. Los defensores de los varios sistemas teológicos del mundo cargan con una onerosa responsabilidad, no sólo por el descrédito en que ha caído la fe entre muchos pensadores avanzados, sino también por las inhibiciones y distorsiones introducidas en el discurso que de modo permanente viene realizando la humanidad sobre el mensaje espiritual. Sin embargo, concluir que la respuesta consiste en poner freno a la investigación de la realidad espiritual, prescindiendo de las raíces más profundas de la motivación humana, no es sino engaño manifiesto. El único resultado de ello, en la medida en que tal censura ha logrado su propósito en la historia reciente, ha sido traspasar los destinos a una nueva ortodoxia para la cual la verdad es amoral, y los hechos, independientes de los valores.

Muchos de los grandes logros de la religión, por lo que a la existencia en esta tierra se refiere, han revestido carácter moral. Merced a sus enseñanzas y al ejemplo de vidas humanas por ellas iluminadas, muchísimas gentes de todos los tiempos y países han desarrollado la capacidad de amar. Han aprendido a disciplinar la parte animal de su naturaleza, a realizar grandes sacrificios por el bien común, a practicar el perdón, la generosidad y confianza, y a usar su fortuna y otros medios en aras de la civilización. Se han ideado sistemas institucionales que transforman estos avances en normas de vida social aplicadas a gran escala. Por más que añadidos dogmáticos y contiendas sectarias hayan ensombrecido y desviado su curso, los impulsos espirituales movilizados por figuras trascendentales como Krishna, Moisés, Buda, Zoroastro, Jesús y Mahoma no han dejado de ser la fuerza que mayor influjo ha ejercido en la civilización del carácter humano.

Puesto que, a tenor de ello, el reto consiste en potenciar la humanidad haciendo que el saber sea mucho más accesible, es menester que la estrategia posibilitadora se vertebre en torno a un diálogo ininterrumpido y más intenso entre la ciencia y la religión. Es–o a estas alturas debiera ser–un lugar común que, en toda esfera de actividad y en cada uno de sus niveles, las percepciones y destrezas que tipifican los logros científicos deben recurrir a los principios morales y al poder del compromiso espiritual para garantizar su aplicación más idónea. Por ejemplo, las personas necesitan aprender a separar los hechos de las conjeturas, y ciertamente a distinguir entre los puntos de vista subjetivos y la realidad objetiva. El grado de contribución al progreso humano que logren las personas y las instituciones así preparadas queda determinado, sin embargo, por su devoción a la verdad y su desapego hacia los dictados de sus propios intereses y pasiones. Otra capacidad que la ciencia debe cultivar en todas las personas es la de pensar en clave de procesos, incluyendo los procesos históricos; no obstante, si este avance intelectual ha de contribuir en su momento a promover el desarrollo, es imperioso que su perspectiva no quede enmarañada por prejuicios de raza, cultura, género o creencias sectarias. De modo análogo, el adiestramiento que ha de permitir que los habitantes de la Tierra participen en la producción de la riqueza no podrá llevar adelante sus aspiraciones de progreso como no sea en la medida en que tal impulso se vea iluminado por esta convicción espiritual: que el servicio a la humanidad es el fin tanto de la vida individual como de la organización social.

Es en este contexto marcado por la elevación de las capacidades humanas, producto a su vez de una expansión del conocimiento a todos los niveles, donde se necesita abordar los problemas económicos que afronta la humanidad. Tal y como demuestra la experiencia de los últimos decenios, no cabe concebir las ventajas y afanes materiales como fines en sí mismos. Su valor consiste no sólo en atender a las más elementales necesidades humanas de alojamiento, alimentación, atención sanitaria y similares, sino en ampliar el abanico de las capacidades humanas. El papel más importante que corresponde a la actividad económica en el desarrollo humano consiste, por tanto, en dotar a las personas e instituciones de medios que pongan a su alcance el verdadero fin del desarrollo, a saber: sentar los cimientos de un orden social nuevo a fin de cultivar las ilimitadas potencialidades que laten en la conciencia humana.

El reto que el pensamiento económico tiene ante sí consiste en aceptar sin ambages que el desarrollo responde a este propósito (de ahí su responsabilidad como promotor de los medios más indicados). Sólo de este modo podrán la Economía y las ciencias relacionadas sacudirse la resaca de cuitas materialistas que hoy las distraen, y desplegar su potencial como instrumentos vitales para alcanzar la prosperidad, en el sentido más pleno de la palabra. En ninguna otra parte se hace más patente la necesidad de un diálogo riguroso entre la ciencia y la religión.

Sirva de ilustración el problema de la pobreza. Las propuestas habituales de solución parten del convencimiento de que no faltan los recursos materiales–o en todo caso pueden providenciarse con el concurso de la ciencia y tecnología–que palíen y en su día extirpen esta condición milenaria y rasgo acompañante de la vida humana. Una de las razones principales por la que no se materializa tal paliación se debe a que los adelantos científicos y tecnológicos necesarios responden a un conjunto de prioridades que sólo de modo tangencial están relacionadas con los intereses reales de la mayoría de la humanidad. Hace falta un reajuste radical de estas prioridades para descargar al mundo del peso de la pobreza. Tal misión exige una búsqueda decidida de los valores más adecuados, búsqueda que ha de someter a dura prueba los recursos espirituales y científicos de la humanidad. La religión verá gravemente mermada su contribución a esta empresa común mientras siga cautiva de doctrinas sectarias que no son capaces de distinguir entre el contento y la mera pasividad, y que enseñan que la pobreza es un rasgo inherente a la vida en la Tierra y cuya única escapatoria se encuentra en el más allá. Para concurrir eficazmente en la lucha por una humanidad más próspera, el espíritu religioso debe hallar, bebiendo en la Fuente de inspiración de donde brota, nuevos conceptos espirituales y principios congruentes con una época que busca establecer la unidad y la justicia en los asuntos humanos.

El desempleo plantea otras tantas cuestiones. En el pensamiento contemporáneo el concepto de trabajo suele reducirse al de empleo remunerado y dirigido a la adquisición de medios para el consumo de bienes disponibles. El sistema es circular: la adquisición y el consumo dan lugar al mantenimiento y expansión de la producción de bienes y, en consecuencia, al sostenimiento del empleo retribuido. Tomadas por separado, todas estas actividades son esenciales para el bienestar de la sociedad. Sin embargo, lo inadecuado de la concepción en su conjunto se descubre en la apatía que los comentaristas sociales aprecian tanto en amplias capas de empleados como en la desmoralización que cunde entre legiones crecientes de desempleados.

No es de sorprender, pues, que el mundo reconozca cada vez más la urgencia de dar con una nueva «ética del trabajo». Aquí también nada que no sean las percepciones generadas por la interacción creadora de los sistemas de conocimiento científico y religioso podrá acometer tan fundamental reorientación de hábitos y actitudes. A diferencia de los animales, que para su sostén dependen de cuanto les proporciona su entorno inmediato, los seres humanos no tienen más remedio que satisfacer sus necesidades, propias y ajenas, expresando sus inmensas capacidades latentes mediante el trabajo productivo. Al obrar de esta manera, y por modesta que sea su aportación, se convierten en participantes del proceso civilizador. Cumplen así un objetivo que les une a los demás. En la medida en que se ejerza en espíritu de servicio a la humanidad, afirma Bahá’u’lláh, el trabajo es una forma de oración, un medio para adorar a Dios. Toda persona posee la capacidad de observarse bajo esta luz; y a esta capacidad inalienable del sujeto debe apelar la estrategia del desarrollo, sea cual sea la naturaleza de los planes y sean cuales sean las recompensas que prometan. Una perspectiva de menos vuelos nunca podrá suscitar la magnitud de esfuerzo y compromiso que demandan las tareas económicas venideras.

El pensamiento económico se enfrenta en la crisis medioambiental a un reto similar. Ha quedado al descubierto, fría y objetivamente, lo falaz de ciertas teorías fundadas en la creencia de que la naturaleza no conoce límites a su capacidad de satisfacer cualquier exigencia que los seres humanos le impongan. Una cultura que otorga valor absoluto a la expansión, a la adquisición y a la satisfacción de las apetencias humanas, está obligada a reconocer que tales metas no constituyen en sí mismas una pauta realista para hacer política. Asimismo, son inadecuados los enfoques económicos carentes del instrumental necesario para enfrentarse al hecho de que la mayoría de los grandes retos son de alcance global antes que particular.

La esperanza sincera según la cual esta crisis moral puede en cierto modo resolverse deificando a la naturaleza misma sólo ratifica la desesperación espiritual e intelectual que la crisis ha engendrado. Reconocer que la creación constituye un todo orgánico y que la humanidad tiene la responsabilidad de custodiarlo es ya meritorio; ahora bien, por sí misma tal admisión no es capaz de infundir en las conciencias un nuevo sistema de valores. Sólo una inteligencia de los hechos que sea nueva, científica y espiritual en el más pleno sentido de estos términos, facultará a la especie humana para cumplir el fideicomiso que la Historia le encomienda.

Tarde o temprano, todas las personas deberán recuperar, por ejemplo, su capacidad de contento, su buena disposición hacia la disciplina moral y su entrega al deber, cualidades que hasta fechas relativamente recientes se consideraban parte primordial del ser humano. Repetidamente a lo largo de la Historia, las enseñanzas de los Fundadores de las grandes religiones han logrado infundir estas cualidades del carácter en grandes masas de gentes receptivas. Estas mismas cualidades revisten hoy una importancia aún más vital; pero su expresión actual debe asumir una forma congruente con la llegada de la humanidad a su mayoría de edad. También en este terreno cumple a la religión superar la prueba de vencer obsesiones pasadas: el contento no es fatalismo; la moralidad nada tiene que ver con el puritanismo antivital que tan a menudo se ha arrogado su nombre; y la entrega al deber no entraña sentimientos de superioridad moral, sino de valía propia.

El persistente rechazo de la plena equiparación de las mujeres torna más acuciante el reto que afrontan la ciencia y la religión en la vida económica del planeta. Cualquier observador objetivo comprende que el principio de la igualdad de los sexos es vital en toda concepción del futuro bienestar de la tierra y su gente. El principio incorpora una verdad sobre la naturaleza humana que ha permanecido esencialmente ignorada durante las largas etapas de infancia y adolescencia que ha atravesado la humanidad. «Las mujeres y los hombres–afirma Bahá’u’lláh enfáticamente–han sido y continuarán siendo siempre iguales a los ojos de Dios». El alma racional no conoce género, y cualesquiera que sean las injusticias pasadas imputables a los dictados de la supervivencia, no hay lugar justificado para ellas en una época en que la humanidad roza el umbral de su madurez. El compromiso por lograr la igualdad plena entre mujeres y hombres, en todos los dominios de la vida y en cada nivel de la sociedad, es crucial para el triunfo de la estrategia global de desarrollo, desde su concepción hasta su misma ejecución.

A decir verdad, el progreso registrado en este terreno dará la medida del éxito de cualquier programa de desarrollo. Dado el papel vital de la actividad económica en el adelantamiento de la civilización, una prueba visible del ritmo de desarrollo vendrá señalada por la medida en que las mujeres logren acceso a todas las esferas de la economía. El desafío va más allá de garantizar una distribución equitativa de las oportunidades, por importante que esto sea, y requiere que los temas económicos sean sometidos a un replanteamiento radical que invite a la incorporación de todo un abanico de experiencias y percepciones humanas que hasta la fecha solían quedar excluidas del discurso. Los modelos económicos clásicos de mercados impersonales en que los seres humanos actúan como ejecutores autónomos de preferencias egoístas no satisfarán las necesidades de un mundo motivado por ideales de unidad y justicia. La sociedad va a verse urgida a perfilar nuevos modelos económicos sirviéndose de experiencias compartidas que le merezcan crédito y despierten su simpatía, respetando la relación de los seres humanos con sus semejantes, y reconociendo la aportación vital de la familia y de la comunidad al bienestar. Siendo tamaña conquista intelectual altamente altruista, deberá recabar apoyos en la sensibilidad espiritual y científica. Y es aquí en donde la experiencia milenaria de la mujer la predispone a realizar contribuciones cruciales al esfuerzo común.

Discurrir sobre una transformación social de este calado equivale a plantearse qué poder se requiere para lograrlo, y–cuestión inseparable–qué autoridad puede ejercer tal poder. Al igual que ocurre con todas las implicaciones que comporta la integración acelerada del planeta, estos dos términos familiares requieren asimismo urgente redefinición.

A lo largo de la historia–y a pesar de garantías teológicas e ideológicas en sentido contrario–el poder se ha solido interpretar como prerrogativa de algunas personas o grupos. A menudo, en efecto, ha llegado a concebirse en términos de medios susceptibles de emplearse contra los demás. Esta interpretación del poder se ha convertido en un rasgo ingénito de la cultura de división y conflicto que ha acompañado a la especie humana durante varios milenios, independientemente de las orientaciones sociales, religiosas o políticas que hayan prevalecido en ciertas épocas y en distintas partes del mundo. En general, el poder ha sido atributo de individuos, facciones, pueblos, clases y naciones; un atributo especialmente asociado a la persona del hombre, más que a la mujer, y cuya principal consecuencia ha sido conferir a sus beneficiarios la capacidad de adquirir, prevalecer, dominar, resistir y vencer.

Los procesos históricos resultantes han hecho que el bienestar y civilización humanos conociesen a un tiempo reveses catastróficos y avances extraordinarios. Reconocer los beneficios es reconocer también los reveses, así como las claras limitaciones de las pautas de conducta que originaron unos y otros. Los hábitos y actitudes relacionados con los usos del poder surgidos durante las largas épocas de infancia y adolescencia de la humanidad, han rozado ya los límites de su eficacia. Hoy día, en una era cuyos problemas más apremiantes son en su mayoría globales, persistir en la idea de que el poder reporta ventajas para los varios segmentos de la familia humana es errar gravemente en la teoría y ya no acarrea utilidad práctica alguna para el desarrollo económico y social del planeta. Quienes todavía se adhieren a él–los mismos que en épocas pretéritas podían sentirse reafirmados por tal teoría–ven cómo sus planes tropiezan con una maraña de frustraciones y obstáculos inexplicables. En su expresión tradicional y competitiva, el poder es tan ajeno a las necesidades del futuro de la humanidad como puedan serlo las técnicas de locomoción ferroviaria a la tarea de poner satélites espaciales en órbita.

La analogía no deja de ser apropiada. La especie humana, espoleada por los requisitos de su propio proceso de maduración, siente el apremio de sacudirse una idea del poder y de su empleo heredada de antiguo. Que puede conseguirlo queda probado por el hecho de que, aunque sojuzgada por la concepción tradicional, la humanidad siempre ha acertado a concebir el poder de otras maneras mucho más congruentes con sus esperanzas. La Historia suministra amplia evidencia de que ha habido personas de todos los orígenes que, a lo largo de las épocas, han sacado partido, por muy intermitente e inadecuadamente que sea, de una amplia gama de recursos creativos propios. Quizá el ejemplo más obvio sea el poder mismo de la verdad, un agente de cambio vinculado a algunos de los más grandes avances de la experiencia filosófica, religiosa, artística y científica de la especie. La fuerza de carácter representa otro resorte movilizador de inmensas capacidades humanas, y otro tanto cabe decir del influjo del ejemplo ya en la vida de las personas, ya en las sociedades humanas. Y pasa casi totalmente desapercibida la fuerza impresionante que puede ejercer la unidad, fuerza cuyo influjo es «tan poderoso»–en palabras de Bahá’u’lláh–que puede iluminar la Tierra entera».

Las instituciones conseguirán aflorar y encauzar las potencialidades latentes en la conciencia de los pueblos del mundo en la medida en que el ejercicio de la autoridad se rija por principios en armonía con los intereses de una especie humana en rápida maduración. Dichos principios incluyen el deber de las autoridades a hacerse acreedoras a la confianza, respeto y respaldo genuino de las personas cuyos actos pretenden gobernar; a consultar abiertamente y en el mayor grado posible con todos los que vean afectados sus intereses por las posibles decisiones; a sopesar objetivamente las necesidades y aspiraciones reales de las comunidades a las que sirven; a apurar los avances científicos y morales para aprovechar los recursos comunitarios y las energías de sus miembros. Ningún principio de autoridad efectiva es tan importante como dar prioridad a la creación y sostenimiento de la unidad entre los miembros de la sociedad y los miembros de sus instituciones administrativas. Ya se ha hecho referencia al tema, íntimamente relacionado, del compromiso con la búsqueda de la justicia en todos los asuntos.

Naturalmente, tales principios sólo pueden obrar dentro de una cultura que por su método y espíritu sea esencialmente democrática. Pero decir esto no es sancionar la ideología partidista que atrevidamente y por doquier se arroga el nombre de democracia y que, a pesar de sus impresionantes aportaciones al progreso humano, se encuentra hoy en el cenagal de la apatía, cinismo y corrupción que ella misma ha creado. Al elegir a quienes han de tomar las decisiones colectivas, la sociedad no necesita ni queda bien servida por el teatro político de candidaturas, aspirantes, electoralismo y llamadas al voto. Todas las personas tienen capacidad para adoptar, según vayan educándose y cerciorándose de que sus intereses reales de desarrollo son atendidos por los programas que les son propuestos, procedimientos electorales que refinen gradualmente la elección de sus cuerpos decisorios.

Al paso que la integración de la humanidad cobra vuelos, los cargos seleccionados de este modo van a tener que orientar sus esfuerzos dentro de una perspectiva global. De acuerdo con Bahá’u’lláh, no sólo en el ámbito nacional, sino también en el local, los representantes electos deben tenerse a sí mismos por responsables del bienestar de toda la humanidad.

La tarea de concebir una estrategia de desarrollo global que acelere la madurez de la humanidad conlleva el desafío de remodelar radicalmente todas las instituciones de la sociedad. Los protagonistas a los que este reto se dirige son todos los habitantes del planeta: la humanidad en general, los gobernantes de todas las categorías, las personas que trabajan en organismos de coordinación internacional, los científicos y los pensadores sociales, todos los que estén dotados de talento artístico o relacionados con los medios de comunicación, y los líderes de las organizaciones no gubernamentales. La réplica apropiada a este desafío debe fundarse en el reconocimiento incondicional de la unidad de la humanidad, en el compromiso por establecer la justicia como principio organizativo de la sociedad, y en la voluntad decidida de apurar al máximo sus posibilidades que del diálogo sistemático entre la ciencia y la religión puedan desprenderse para el fomento de las capacidades humanas. La empresa obliga a replantearse de raíz la mayoría de los conceptos y supuestos que hoy rigen la vida económica y social. Asimismo, es menester que la acompañe la certeza de que, por muy dilatado que sea el proceso, y cualesquiera que sean los contratiempos que aguarden, el gobierno de los asuntos puede discurrir por cauces que sirvan a las necesidades reales de la humanidad.

Sólo aceptando que la humanidad está pasando de la infancia colectiva a su madurez, dejará de ser esta perspectiva poco menos que otro espejismo utópico. Imaginar que un esfuerzo de estas proporciones es dable entre naciones y gentes desesperadas y enzarzadas en sus antagonismos va en contra de toda sabiduría transmitida. Tal posibilidad es sólo concebible si—como Bahá’u’lláh afirma—la evolución social ha llegado a uno de esos vuelcos decisivos en que, de repente, todos los fenómenos de la existencia se ven empujados a emprender nuevas etapas de desarrollo. La convicción profunda de que tan gran transformación está ya en camino ha inspirado los pareceres expresados en esta declaración. A cuantos reconozcan en ella anhelos familiares de sus propios corazones, Bahá’u’lláh les asegura que Dios, en este día sin igual, ha dotado a la humanidad con recursos espirituales a la altura del desafío:

¡Oh vosotros que moráis en los cielos y la tierra! Ha aparecido lo que antes jamás apareció.

Éste es el Día en que los excelentísimos favores de Dios se han derramado sobre los hombres, Día en que Su poderosísima gracia ha sido infundida en todas las cosas creadas.

Los trastornos que ahora convulsionan los asuntos de la humanidad carecen de precedentes y arrastran consecuencias enormemente destructivas. Peligros históricamente inconcebibles rondan a una humanidad desorientada. Sin embargo, el mayor error que pueden cometer los líderes mundiales sería permitir que la crisis arroje dudas sobre el resultado último que aguarda al proceso actual. Se va un mundo, y viene otro–nuevo–que se debate por nacer. Los hábitos, actitudes e instituciones que los siglos han acumulado se ven sometidos a pruebas tan necesarias para el desarrollo humano como inevitables. Lo que se requiere de los pueblos del mundo es que den una medida de fe y tesón conmensurable con las enormes energías que el Creador de todas las cosas ha infundido en esta primavera espiritual de la humanidad. «Uníos en consejo», tal es el llamamiento de Bahá’u’lláh:

sed uno en pensamiento. Que cada amanecer sea mejor que su víspera y cada mañana más rica que su ayer. El mérito del hombre reside en el servicio y la virtud, y no en el fausto de la opulencia y las riquezas. Cuidaos de que vuestras palabras estén purificadas de ociosas fantasías y deseos mundanos, y que vuestros hechos estén limpios de astucias y sospechas. No disipéis la riqueza de vuestras preciosas vidas en la búsqueda de una inclinación corrupta y malvada, ni dejéis que vuestros esfuerzos se malgasten en promover vuestro interés personal. Sed generosos en vuestros días de abundancia, y pacientes en la hora del quebranto. La adversidad es seguida por el éxito y el regocijo viene tras la pena. Guardaos de la ociosidad y la pereza, y sujetaos a lo que beneficie a la humanidad, ya seáis jóvenes o viejos, encumbrados o humildes. Cuidado, no sea que sembréis la cizaña de la discordia entre los hombres, o plantéis las espinas de la duda en los corazones puros y radiantes.